El complejo industrial oncológico europeo: ¿más gasto significa más valor?
Los oncólogos Javier Benitez, Dario Trapani y Rodrigo Lastra, vinculados a la
corriente Common Sense Oncology (CSO), han publicado recientemente el
artículo “Europe’s Oncology Industrial Complex: size, components, and
implications for value” en la revista Journal of Cancer Policy de Elsevier.
El trabajo ofrece una reflexión crítica y especialmente oportuna sobre cómo se
estructura actualmente la oncología europea y sobre la creciente distancia
entre inversión económica, innovación tecnológica y beneficio clínico real para
los pacientes.
El concepto
central del artículo es el denominado “oncology industrial complex” (OIC),
definido como la red de relaciones entre industria farmacéutica, sistemas
públicos de salud, agencias reguladoras, organismos de evaluación tecnológica,
grupos cooperativos, hospitales, laboratorios, sociedades científicas y
organizaciones de pacientes. Los autores argumentan que este ecosistema
funciona ya como un auténtico macrosector económico europeo, movilizando
decenas de miles de profesionales, infraestructuras altamente costosas y
enormes transferencias de recursos públicos hacia entidades privadas.
El contexto
epidemiológico ayuda a entender la magnitud del problema. En 2020, cerca de 2,7
millones de personas fueron diagnosticadas de cáncer en la Unión Europea y
aproximadamente 1,3 millones fallecieron por esta enfermedad. Europa representa
alrededor de una cuarta parte de los casos globales de cáncer pese a albergar
solo cerca del 10% de la población mundial.
El impacto
económico es igualmente extraordinario. El coste total del cáncer en Europa se
estimó en 199.000 millones de euros en 2018, mientras que el gasto en medicamentos
oncológicos prácticamente se triplicó entre 2014 y 2023, pasando de 24.900
millones a 64.300 millones de euros. No obstante, uno de los mensajes más
importantes del artículo es que el incremento del gasto no garantiza
automáticamente mejores resultados clínicos.
Los autores
señalan que muchas innovaciones llegan a sistemas sanitarios incapaces de
implementarlas de forma efectiva. La inequidad en el acceso a biomarcadores, los
retrasos diagnósticos, la insuficiencia de personal especializado, la obsolescencia
de equipos de radioterapia o las desigualdades territoriales convierten con
frecuencia la “elegibilidad teórica” para recibir terapias avanzadas en una
accesibilidad real muy limitada.
Uno de los
aspectos más interesantes del trabajo es su crítica a la desconexión entre
aprobación regulatoria y capacidad asistencial real. Los autores defienden que
el reembolso de nuevos tratamientos debería ir ligado no solo a la autorización
del fármaco, sino también a la garantía de que existen circuitos diagnósticos,
personal e infraestructuras capaces de ofrecerlo adecuadamente. En otras
palabras: financiar un tratamiento sin asegurar la capacidad de administrarlo
correctamente equivale a financiar acceso “formal”, pero no beneficio clínico
efectivo.
El artículo
también pone el foco sobre los desequilibrios en investigación oncológica.
Aunque Europa continúa siendo un actor importante en generación de evidencia
científica, áreas fundamentales para el valor real en oncología —como
radioterapia, cuidados paliativos, supervivencia, calidad de vida o
investigación no farmacológica— siguen claramente infrarepresentadas frente a
la investigación farmacológica.
En línea con
muchos de los postulados defendidos desde Common Sense Oncology, los
autores proponen avanzar hacia una oncología más centrada en el valor tangible
para el paciente y menos orientada al crecimiento indiscriminado del sistema.
Entre las medidas sugeridas destacan:
- Evaluación sistemática de
resultados en vida real;
- Transparencia en indicadores de
capacidad asistencial;
- Auditorías de prácticas de bajo
valor;
- Retirada activa de
intervenciones con escaso beneficio clínico;
- Y priorización de resultados
relevantes para pacientes, especialmente supervivencia y calidad de vida.
Especialmente
llamativa resulta la defensa explícita de desinvertir en prácticas de bajo
valor, incluyendo tratamientos oncológicos administrados cerca del final de la
vida sin expectativas razonables de beneficio, pruebas innecesarias o
biomarcadores sin impacto clínico real. Los autores plantean que la
sostenibilidad futura de la oncología europea dependerá tanto de incorporar
innovación útil como de abandonar intervenciones que añaden complejidad y
costes sin mejorar resultados relevantes.
Este
artículo constituye una reflexión madura y necesaria sobre hacia dónde se
dirige la oncología europea. Frente a una visión basada únicamente en expansión
tecnológica, velocidad regulatoria y aumento del gasto, los autores reivindican
una oncología guiada por la transparencia, la proporcionalidad terapéutica y el
valor clínico real. Un debate cada vez más imprescindible para los sistemas
públicos sanitarios europeos.



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